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Teatro: “Las Cosas Extraordinarias”, una lista imprescindible

Un retrato crudo de la crisis de salud mental en Chile y la esperanza que entrega el teatro con Las Cosas Extraordinarias, una obra que transforma el dolor en un llamado urgente a la vida.

Por Mario Gutiérrez.- Según registros oficiales, cada año en Chile se producen 1.800 muertes por decisión propia. Si afinamos las cifras, hablamos de 150 de estas fatalidades al mes, casi 38 en una semana y más de cinco por día. Un número brutal. Espinoso. Siniestro. Una estadística macabra para un país donde la salud mental subyace bajo tierra, con no poco dolor, pero sin la necesaria atención.

No hace falta escudriñar mucho para constatar que adolecemos de una cobardía pétrea y peligrosa al momento de enfrentar esta materia. Insistimos en la tara social de ignorar, en esa insana costumbre de omitir, de tapar. De hacerle el quite en un afán desesperado por mantenerse lejos de la incomodidad y el miedo que provoca el tema. En tiempos actuales, cada cual lidia en solitario con sus vivencias respecto a la muerte, al miedo al abandono, a la pérdida precoz.

Cuando injustos desajustes químicos invaden el cerebro de alguien y gigantes árboles sombríos rodean sin opción de salida a su espíritu hasta el respiro final. Cuando “la brisa de la muerte enamorada ronda como un ángel asesino”, en versos de Fito Páez, se instala y no sabemos qué decir y menos qué hacer, estamos ante un grave problema colectivo. Como cuando escuchamos o leemos la frase “una persona en las vías” y la primera reacción es pensar en cuánto se tardará mi trayecto en vez de sentir y aquilatar que para otra persona —aunque sea desconocida para nuestro propio y egoísta micromundo— el viaje terminó para siempre. Irreversiblemente acabó porque así lo dictaminó su más profunda pena, su soledad absoluta, su oscuro impulso de no volver a abrir los ojos. Todos hemos estado, de una u otra manera, cercanos a este flagelo pegajoso. Unos en carne propia, otros en piel contigua. Pero si somos sinceros, como nación, estamos aquí más frente a una ausencia de discusión y abordaje que a una definida voluntad de intentar hacernos cargo del dilema.

Las políticas públicas para combatir esta maldición contagiosa no alcanzan. Los brazos del Estado son demasiado delgados para un peso tan rotundo y aniquilante. Hay esfuerzos como el programa “Quédate” del Gobierno Regional de Santiago, la línea telefónica 4141 con 21 psicólogos especializados que atienden las 24 horas del día, de lunes a domingo, para asistir a personas en crisis depresivas, y otras elogiables iniciativas de fundaciones privadas. Pero no es suficiente y tal vez nunca lo sea.

Los medios de comunicación también estamos obligados a hacer un mea culpa al respecto. El periodismo suele pecar en no ir al fondo del asunto con responsabilidad, empatía y mirada de largo aliento. Se queda —con feroz mediocridad— en la estridencia de un hecho puntual, en el impacto vial inmediato si la situación se da en el transporte público, con una indolencia ominosa, y luego abandona para siempre la multiplicidad de razones, condiciones y contextos sociales que empujan a quien se empuja a sí mismo a hacer lo que hizo, y se alza victoriosa la derrota. La complicidad en negativo de la prensa es, en buena medida, evidente e irredargüible.

Y es en ese pantano que el arte —en su eterna vocación de ser el alma de una sociedad— emerge presuroso, con la urgencia que requiere la belleza de vivir, con la simpleza del amor más arraigado, con la mano amiga y salvadora de la mayor lucidez.

“Las Cosas Extraordinarias”, original de los británicos Duncan Macmillan y Jonny Donahoe, relata el recorrido de un niño que a los siete años comienza a elaborar una humilde lista de aquellas simples cosas del día a día que permiten disfrutar la vida, como respuesta al primer intento de su madre por borrarse de la existencia, y las va pegando en pequeños papelitos por toda la casa. El niño crece, transita la adolescencia con sus sostenidos y bemoles. Va descubriendo nuevas motivaciones y desafíos, siempre en una férrea —aunque a ratos algo distante— relación con su padre, forjada desde ambas soledades, ambas angustias y ambos terrores.

La obra primigenia es magistral. La adaptación criolla, sencillamente sublime, presentada en una de las salas del Centro Cultural San Ginés del barrio Bellavista en Santiago. Lucas Sáez Collins convierte el texto en un lujo a digerir y los silencios en gemas inquietas. Se agiganta y se vuelve pequeño según el guion lo sugiera. Desde la metáfora de las compuertas que se abren en el piso cuando se aproxima una mala noticia hasta el amoroso vals con la novia, este joven heredero genético y actoral del experimentadísimo Juan Pablo Sáez, cautiva.

Brilla con luces propias y muy de sobra en este fantástico unipersonal, característica técnica en teatro de la cual me atrevo a disentir un tanto dado el armonioso protagonismo de Manuel García y su música en el montaje. Apenas el actor pronuncia “el primer intento”, todo cambia de ritmo y da lugar a una carretera vertiginosa de sensaciones, añoranzas, miedos y olvidos. De momentos guardados, de sinuosas experiencias en la audiencia.

La obra es intensamente interactiva; el público no sabe a lo que entra, ignora lo que va a pasar adentro; se explicará luego esa especie de casting previo al inicio a medida que las sorpresas van en aumento. Y eso genera un resultado mágico. Sáez Collins es capaz de envolver las emociones de los presentes en una puesta en escena sencilla, con un semicírculo en que todas las sillas están a la misma altura para provocar una comunicación horizontal, cercana a más no poder.

Nadie está mejor o peor ubicado que el otro. Todos estamos vinculados en una gratificante comunión mientras avanza la acción. Lucas Sáez Collins entrelaza, corre, salta, danza, canta, calla con maestría inagotable y a corta edad. Hay mucho y rutilante futuro en este profesional de las tablas.

Conforme pasan los años y la salud mental de la mamá del protagonista a veces mejora, pero sufre tajantes altibajos, la lista de esas cosas extraordinarias se va engrosando entre aspectos del amor profundo —como reconciliarse después de una discusión— y delirios jocosos como el bigote de Charly García. Se trata de registrar aquellas simples cosas, pero imprescindibles, que nos emocionan, que nos hacen reír o nos enternecen, y que nos permiten siempre volver a empezar. Para recordar que hasta los más graves problemas pueden tener una salida, que después de una tormenta sale el sol, que un esfuerzo más valdrá la pena.

La acertadísima adaptación dramatúrgica de “Las Cosas Extraordinarias” de Amalia Cuevas es una provocación de esperanza, un grito de fe, una arenga de salvación, un notable estímulo de sobrevivencia que Sáez Collins logra con auténtica genialidad. Interactúa con total soltura, sus improvisaciones son oportunas y del todo precisas. Hasta se da el lujo de reprender, con tono pedagógico y en el fragor del desarrollo de la obra, a quienes ríen en un momento ante la pérdida de una mascota.

El actor invade sin mucho rodeo ni consideración a quien lo observa atento, alerta y, al mismo tiempo, pasmado. Produce una terapia grupal entre desconocidos. Deambula juguetón en los ojos de su público buscando respuestas con una avidez impactante. Es impredecible en un clima de solemne intimidad, de almas desnudas, y lo hace con una ternura infinita.

Siempre se puede salir del pozo, y ese mensaje elemental lo transmite el intérprete con una mirada penetrante, pero muy dulce y sutil, de persona en persona, de dolor en dolor, de miedo en miedo. Sáez se convierte en un director de orquesta de excitaciones espirituales ajenas en un desierto lleno de palpitaciones. A ratos resulta difícil pensar en otro actor cumpliendo este rol en la escena nacional. Da para imaginar —quizás exageradamente— que esta obra fue escrita, sin saberlo sus autores, para él.

Lucas (se gana la confianza de llamarlo por su nombre de pila) nunca deja de ser ese niño de siete años, de pupilas abiertas y curiosas, ese que todos somos, sin importar los años que vayamos acumulando. Hay sollozos en la sala, se escuchan suspiros que se disfrazan, burdamente, de tos. Quién sabe qué memorias rebrotaron en esa sala de teatro. La bulliciosa conversación interna es inevitable. Uno se contiene lo más posible; el desahogo viene después, quizás en solitario o tal vez en dúo, como fue mi caso.

Imposible no dedicar unas líneas a la sobresaliente dirección y adaptación teatral de Amalia Cuevas. Ese toque femenino, juvenil y refrescante, sin perder la profundidad y severidad del tema, se plasma en cada tratamiento escénico del montaje. La agilidad conceptual con que se concretan los giros dramáticos, los momentos de luz y oscuridad, de silencios y textos, denotan estudio y talento innegable.

El entretejido argumental y su deliciosa linealidad ameritan también una medalla. Y es aquí donde, precisamente, se extraña un aspecto relevante: la presentación de la directora y el resto del plantel de producción, una vez finalizada la obra, se vuelve demasiado insuficiente; son muy pocos segundos en escena bajo los focos, cara a cara con la audiencia. Por lo esencial de sus aportes para el éxito del montaje, ellas también merecen el aplauso extendido y nosotros, conocer mejor sus rostros, los rostros de sus destrezas artísticas.

En conclusión, “Las Cosas Extraordinarias”, traída a las tablas nacionales por la productora Fulgor, es un llamado a la acción ante la epidemia depresiva que nos agobia como sociedad y cuyos síntomas son muchas veces invisibles, imperceptibles. Un recordatorio urgente de que es obligatorio revisarnos y mirar alrededor con más detención y cariño, con más responsabilidad y mucha menos pusilanimidad. Una alerta de que sí es posible salvar una vida. Una citación masiva a redactar nuestra propia lista imprescindible de aquellas pequeñas cosas que nos dan aire, de aquello que desatora las angustias, lo que nos causa risa, lo que corona lo ridículo hasta la carcajada. La canción, la caricia. Lo que nos abraza y nos abriga cada día, y que solemos, torpemente, olvidar.

El mensaje queda claro y es nuestro menester difundirlo si nos decimos seres sintientes. Y la obra, la obra es, literalmente, extraordinaria.

Ficha técnica

Elenco: Lucas Sáez Collins

Autores: Duncan Macmillan y Jonny Donahoe

Traducción: Adriana Nadal

Dirección y adaptación: Amalia Cuevas

Producción: Fulgor

Producción en terreno: Antonia Reyes

Diseño y operación de luces: Ignacio Trujillo

Community Manager: Francesca Peragallo

Alvaro Medina

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