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Ver el Mundo: un contrato inusual

Por Fidel Améstica.- No todos los días se puede trabajar en lo que a uno le gusta. A veces hay que aceptar trabajos dignos de todo displacer solo porque hay que llevar dinero a la casa, y eso vale cualquier sacrificio. Muchas veces he trabajado como corrector de textos, labor que en principio es de todo mi agrado, pero incluso en lo que uno gusta de hacer es necesario laborar en proyectos que por lo menos son poco amables. Aprendí a los 16 años, en un diario, de la mano del mejor corrector de Chile por lo menos, don Germán Arellano, duélale a quien le duela, el más fino, culto y criterioso, y que no llegó a jefe por lo mismo: la excelencia cierra puertas en los ambientes que cultivan la delación y el soplonaje como virtudes de la lealtad. Y aunque no recibí salario, estuve tres meses aprendiendo las «mañas» de la corrección de textos; y como anécdota conservo el recuerdo de algunos horóscopos que salieron de mi pluma porque los textos nunca llegaron, y traté de ser un pitoniso de buenos augurios, pues me gusta ser hijo del Dios alegre, aunque solo sea un hijo adoptado. También corregí algunos textos escolares encargados por el Ministerio de Educación a algunas instituciones que licitan esos jugosos dineros, con los cuales elaboran libros que se arrumban en muchos colegios sin jamás llegar a ser usados, y redactados por eméritos académicos doctorados en prestigiosas universidades y que probablemente nunca han pisado una sala de clases. Con varias sorpresas me encontré ahí, aunque para eso me pagaban, para encontrar los errores, los cuales iban mucho más allá de lo tipográfico y la ortografía: ni había que tocar el «estilo», menos dudar de sus conocimientos.

En mis propios escritos a veces debo recurrir a un tercero porque siendo yo el autor quedo incapacitado para corregir algo que ya comienzo a leer de memoria. En reiteradas ocasiones mis escritos pasan por ojos limpios más limpios e inhabituados al texto para que rastreen todos los ripios gramaticales, de estilo y de un cuantohay. Esto ha conllevado formativas conversaciones en torno a variados temas, en especial los literarios, y en estas circunstancias surgió la vieja discusión en torno a la forma y el contenido, añeja dicotomía que supone un mundo con características bipolares más que binarias: cuerpo-alma, interior-exterior, cielo-infierno, real-ideal, etc. Y en realidad, no existe esa división en la naturaleza de las cosas, es un artificio escolástico y neoplatónico, pues el contenido es la forma y viceversa: es una paradoja un continente sin contenido, y un absurdo un contenido amorfo e informe sin su contenedor. De ahí la importancia de trabajar con las materias, de conocerlas en profundidad para así manipularlas con direcciones específicas, y me refiero a todas las materias: fónico-lingüísticas, sonoras, minerales, vegetales, industriales, animales, qué sé yo. Y hay artistas conceptuales que se creen «conceptuales» porque trabajan con «conceptos», dan la idea de cómo deben ir sus «instalaciones», y juntan peras con manzanas diciendo que eso significa tal o cual cosa, pero que queda a la libre interpretación y juego de asociaciones, porque lo que hacen ellos es «arte», pero desconocen que las peras vienen de un peral y las manzanas de un manzano. Hacen fuera del tiesto y ni siquiera se salva un prestigioso exdirector de uno los museos más importantes del país, y para colmo dictan clases en la universidad sobre sus tarugadas. A un artista conceptual como Christo que se le ocurre cubrir el Parlamento alemán con una tela no tira groseramente los cientos de metros cuadrados de un telón, antes trabaja con un plano, con un diseño, ve cómo va a caer cada pliegue; en otras palabras, maneja un oficio casi artesanalmente, materializa el concepto con un oficio o varios oficios, y así dirige la orquesta. A los pelafustanes que dicen ser «artistas conceptuales» apenas les alcanza para habitantes callamperos de la verdadera cultura, son gente ordinaria con un diploma universitario. Al carajo con ellos.

También he visto, trabajando como corrector de textos, el trato que les daban a los diseñadores como meros «computines»: unos cuantos sujetos encerrados en unas cabinas o puestos en fila mirando fijamente la pantalla, en habitaciones donde el aire no se renovaba, respiraban aire seco, secado por los ventiladores incesantes de los equipos. Imagino que eran tipos con estudios serios en su rubro, pero estaban ahí idiotizados, incapaces de salirse de la «caja» al construir el diseño del diario o de algún libro. Aunque ya no existe la esclavitud, eran tratados como seres subcapaces, subnormales, aptos solo para recibir órdenes, cuidando sobre todo el cómo iba el avisaje del o los auspiciadores que pagaban el trabajo. «Esclavo» es una palabra que viene del latín y que origina la nominación «países eslavos», pero en griego aún se dice «dulía», servidumbre, y «duliá» para designar el trabajo, lo que en la práctica significa que los actuales trabajadores conservan un carácter esclavista, con algunos derechos por supuesto, igual que en la Antigüedad, pero a los trabajadores aún se los considera por debajo de las capacidades creativas eméritas de la libertad. Yo me preguntaba si esos diseñadores habían sido formados con alguna ética que les permitiera ver que su trabajo tiene una dignidad que a toda costa hay que defender, más allá de si uno se ve obligado por necesidad a trabajar a disgusto en alguna parte. Nadie les enseñó que había que cultivar esa libertad, en su mayoría eran tipos que solo sabían aplicar el menú de los programas de diseño: Page Maker, Fotoshop, Freehand, Indesing, entre otros.

Con la masificación del PC y notebooks, cualquiera está en condiciones de cliquear algunas funciones de diseño gráfico en la pantalla, y muchos sienten que un diseñador es prescindible, que no es tanto lo que sabe, y lo peor es que muchas personas que estudiaron diseño terminan creyéndolo. Este país, después de vivir el golpe, se ha vuelto vulgar y ordinario, egoísta e idiota, porque después de vivir el miedo a nadie le importa nada, a nadie le importa el otro, cada uno se siente dueño de la verdad y no le interesa contrastarla con la verdad del otro, y eso han aprendido nuestros muchachos que ya a los trece o catorce años creen que el mundo debe ajustarse a sus propios parámetros.

Por eso cuando se me pidió una colaboración para aplicar mi experiencia de corrector sobre los artículos del libro Inusual. Lenguaje y comunicación visual (UTM, 2008) lo hice con gusto, primero porque me lo solicitó un amigo, segundo porque comprobé que había un grupo de docentes del diseño que estaban preocupados del cómo y qué se enseña en las escuelas de diseño, y se notaba una posición basada en una ética, en una actitud propicia a la imaginación y hacia la creatividad como un acto responsable. Me di cuenta de que todo nuestro entorno cotidiano y extraordinario es parte de un diseño, desde el cómo hablamos a cómo vestimos, desde nuestro espacio hogareño a los trazados de las calles y su paisaje arquitectónico. Desde la disciplina del diseño vi que había un tema universal que atañe al cómo vivimos y cómo nos relacionamos unos con otros y nosotros con el medio, y todo a través de una palabra: «INUSUAL».

Y es curioso que hayan trabajado el término «inusual», cuando finalmente se exponen ideas que apuntan tácitamente a nociones como «originalidad», «creatividad», «imaginación», «novedad», «lo nuevo», «moda», nociones que han entrado en crisis en la posmodernidad, porque en estricto rigor bajo el sol no hay nada nuevo, pero hay sí una mirada distinta. Entiendo que lo inusual es lo que está fuera del uso, del uso común y frecuente, y entra en «otro» uso a contrapelo del anterior. Lo original respondería a esto en la medida que vuelve al origen como punto de partida, pienso por ejemplo en los comerciales de BancoEstado, donde la figura del patito entiendo que es un rescate publicitario de algo que hizo Santiago Nattino hace algunas décadas. La expresión «andar pato» como «sin plata» alude a la digestión veloz del ave de corral «pato»: come y evacua de inmediato. El espectador puede entender que es posible gastar tranquilamente guiado por la institución BancoEstado, pero también hay otro mensaje, y es la voz o discurso que tiene este patito, pues no medita lo que dice, llega y la larga, su digestión rápida también es mental, lo que permite aflorar un discurso no oficial frente al statu quo que apela a un otro que está por encima de él, valiéndose del humor pseudoingenuo. Notables son las frases «Oiga, don Bernardo, puso puras monedas», tal vez diciendo que los dictadores solo nos dan las sobras; o «Puro papá», mientras contempla al niño Jesús, aludiendo quizás a la historia del hijo ilegítimo en nuestro país, etc.

La creatividad ha puesto lo usual en otro plano, en otra trinchera, lo ha puesto en el centro, y ha recurrido a un discurso anterior hecho por Nattino. El origen engendra lo nuevo nadando contra el uso corriente. Sin embargo, en el mundo de las comunicaciones y de la imagen, lo inusual es absorbido con rapidez, lo vuelve usual nuevamente, a tal punto que este mismo comercial no ha logrado reinventarse y ha introducido lo vulgar, lo chabacano, con la imagen de la «barata»: «sácala barata», y aparece el bicho con un discurso banal, la ironía es reemplazada por el sarcasmo que evidencia un desprecio por el habla popular que, en el patito, era una caricatura más fina y efectiva. Incluso en un afiche aparece el pie membranoso del patito a punto de pisar al bicharraco «barata», y la frase dice «sácala barata», es decir, no te dejes pisar por el que ya tiene un espacio financiero, pero también dice sácala barata usando una tarjeta de crédito, y el mensaje es que cualquier atorrante puede manejar dinero plástico, y eso es lo que ocurre con nuestra clase media, es atorrante, son nuevos ricos, y son escenificados como un valor. O al comité creativo se le acabó la pasta o fue reemplazado por otro que vulgariza la matriz heredada. Es el reflejo también de una sociedad, acostumbrada a consumir y desechar, igual que el patito amarillo digitalizado. Este país usa el baño de comedor, no distingue que para todo hay un tiempo y un lugar. Y aunque esos discursos publicitarios tienen más de una década, la mentalidad creativa no se renueva.

Creo que en este sentido lo inusual no puede ser un objetivo, sino que una estrategia de la imaginación y la creatividad para dar con lo nuevo, con una luz que revele un aspecto no visto de la realidad, pues la moda y lo novedoso se han transformado en «lo usual», y eso es ideología ambiente, y las ideologías se creen dueñas de la verdad, y contra esas verdades hay que combatir. El diseño sin imaginación ni creatividad no llega a ser diseño, y recurro a la palabra griega actual: «sjedio», que significa tanto diseño como proyección y proyecto, además de «plan» y «plano». La imaginación proyecta espectralmente la realidad, pero es la creatividad la que trabaja sobre la materia, y esta solo es desplegable bajo un oficio, una disciplina. Aquí es atingente la metáfora («llevar, transportar más allá»), es el camino de traducción de la realidad mental a la realidad material en cualquiera de sus soportes, y de hecho, «traducir» en griego moderno se dice «metafrazo». Así, el diseño proyecta un cosmos, un orden, que es eso lo que en griego significa, incluso en la cosmetología, un orden del «logos», del discurso visual en el caso del maquillaje. Los tropos no son más que múltiples rostros de la metáfora, de las posibles desviaciones que uno puede aplicar sobre los discursos hechos, redireccionando la energía semántica, y eso es pura poesía en acto. Aquí son de suma importancia los planteamientos de Giambattista Vico para su teoría del mito, que no es otra que una teoría del lenguaje rastreable en la poesía, y también la noción de dialogismo en Mijaíl Bajtín, cuya «prosaica» (en oposición a la «poética» de Aristóteles) nos ayuda a ver las contradicciones de los discursos oficiales. La imaginación creativa y disciplinada requiere un constante diálogo e interacción con los movimientos de la realidad, porque así es posible estar armado contra su opresión. Todos tienen su verdad, pero si mi verdad no es de algún modo la verdad del otro, no es más que un ídolo, y adquiere todas las características del fascismo, negro, rojo, azul, da igual de donde venga.

Las funciones cerebrales, por otro lado, si bien están divididas por hemisferios, pienso que esto no es determinante tanto como las sinapsis que los pone en relación. Somos los únicos animales que nacemos con las neuronas vacías de información para la vida, pero por procesos analógicos-metafóricos las llenamos de contenido, y si en un accidente perdemos masa cerebral, podemos recuperar algunas funciones por procesos sinápticos: otras neuronas asumen el papel de las que se han perdido. Es un misterio que aún no tiene respuesta de por qué es así, pero para ello es estratégica la sola voluntad de vivir. Asimismo, la memoria no es solo cerebro y mente, la memoria es corporal, está situada en todo nuestro cuerpo y alma, ahí está el desafío para el ser humano, puede superar las limitaciones con las que nace. Sin embargo, hay una canción de Nelson Poblete, chileno que vive en Barcelona, y que dice: «A algunos viejos la experiencia acumulada…. no les sirve de nada». A los treinta años la imagen del mundo que cada uno se ha construido se petrifica, y lo que no calza con ella nos parece equivocado. A los treinta años hemos aprendido lo necesario para habitar el mundo, es entonces cuando hay que empezar otro camino: hay que aprender todo de nuevo, hay que desaprender lo que creíamos era de un modo. Fernando González llegó más lejos que Nicolás Massú en el tenis porque tuvo la capacidad de aprender de nuevo, y esto es un asunto de actitud, la cual faltó en Marcelo Ríos, quien llegó a número uno en el tenis mundial y no supo ver más desafíos, esa instancia de soledad en que el mundo le dice a uno que no te doy nada y a ver cómo sigues viviendo. Por muy capaces y creativos, la mayoría llega a un punto de conformismo: yo llego hasta aquí, que otro avance, y esto también es justo si la experiencia acumulada permite al otro ese avance, de darle las herramientas para que llegue más lejos, eso es generosidad, y si los profesores enseñan eso, están formando carácter.

Y a propósito, cito una frase de Eduardo Araya, uno de los colaboradores del libro: «El acto creativo propone un nuevo acuerdo para entender algún aspecto de la realidad». Ese es el desafío. El acto creativo responde a la «tejné», al saber acumulado que permite tanto la aparición de un escultor como de un artesano. Y si la creatividad optimiza la comunicación es porque vuelve inusual lo que antes nos era cotidiano, y lo cotidiano es fuertemente cohesivo aunque carezca de coherencia, de ahí que el mundo en su orden nos parezca contradictorio. La creatividad trabaja la coherencia, por lo que Cantinflas dice más cosas que un tipo como Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Matías Walker o Diego Schalper: «Ciudadanos que estáis aquí presente, y esa es una verdad que nadie puede desmentir…». Cantinflas no es cohesivo, pero sí altamente coherente, trata de igualar las aberturas del embudo que van de la mente a la fonación lingüística. Por lo tanto, un diseñador tiene que ser un profesional de la comunicación, porque trabaja con el lenguaje de las imágenes, aunque estas sean tipografías. Y viendo los tropeles de imágenes en una ciudad que no me dicen nada, porque una forma de no decir nada es entregándolo todo de una vez, sea en el espacio físico o virtual, creo que detrás de ese espectáculo hay una poética del diseño para la incomunicación, para el embrutecimiento, y eso aparece como una realidad demoníaca, no es una incongruencia casual, se diría que soterradamente actúa el lado oscuro de la fuerza, el ojo de Sauron en el anillo que nos circunscribe en la codicia, el egoísmo, en pasar sobre el otro porque no tiene una verdad como la mía.

La creatividad es generosa, huye de la lógica, pero construye otras lógicas que dialogan y deconstruyen, son lógicas que no buscan tanto destruir como enrostrar las anomalías de las imágenes de la realidad. Recordemos que todo es signo, todas las cosas significan, no son solo objetos inertes, las cosas son construidas por el hombre y, en consecuencia, conservan una huella de su vida, y hay que hacerlas significar nuevamente, dotarlas de inteligencia como dice Marcelo Uribe L’Amour, otro de los autores, darles la posibilidad de ser leídas con otras ligaduras. Si el collage se ha domesticado en algo sin sustancia es porque ha perdido la «tejné», y esta es conditio sine qua non para el ejercicio del verbo «poient», que es el que genera «poiesis». De ahí la importancia del diseño, pues tiene el poder de ayudar a sacarnos de la uniformidad de pensamiento, integrando paratextos, discursos diferentes en texto y/o imagen, incluso puede ofrecernos el lenguaje no solo en el libro, sino que en la publicidad, grafitis, postales, logotipos, boletos. Y pienso por ejemplo en la brigada La Chacón y en su economía discursiva visual y tipográfica, donde condensa al máximo en lo simple y en lo certero con un oficio muy disciplinado, nada de más, pero tampoco nada de menos, y trabajando con materiales y una metodología muy precisos.

El diseñador, trabaje donde trabaje, ha de pensar en que lo que está haciendo debe tender un puente entre el hombre y las cosas, porque el hombre ha perdido la capacidad de profanar las cosas, y las usa, pero no sabe cómo funcionan, llegando a venerarlas casi religiosamente para luego reemplazarlas por otras más «divinas» como ocurre en el caso de los objetos tecnológicos (Cf. Profanaciones de G. Agambe). Reestablecer la confianza entre el hombre y las cosas es dar sentido a la «utilidad»; si no, se cae en el utilitarismo, el más egoísta de los usos. Y en este sentido, la metáfora es esencial, es como el líquido que revela la imagen sobre el papel fotográfico en tanto proceso mental que vincula a emisor y receptor, pero es el lenguaje en acción el líquido que la fija. Y en el caso de la bisagra-mariposa como objeto de arte, no importan ni la bisagra ni la mariposa, sino el silencioso puente que las une y a la vez las separa para que ninguna deje de ser quien es. El puente no une, sino que evita que las dos orillas se junten, vincula pero mantiene la distancia, y esto no es más que lo que le dijo el zorro al Principito: cada día podrás acercarte más, porque habrá más confianza, pero esta confianza depende del respeto hacia uno mismo y hacia el otro, de estar cuando hay que estar y en el momento en que hay que estar. Si la bisagra se contextualiza como mariposa es porque ambas entidades han coincidido en un tiempo y un espacio, en el único punto en que se tocan tangencialmente dos esferas, dos mundos.

Yo tengo mi mundo y mi verdad, pero a consecuencia de la amistad he coincidido en este proyecto con personas valiosísimas, mi mundo se toca con el de ellos como esas dos esferas, como esa metáfora mariposa-bisagra, hemos coincidido en un tiempo y en un espacio, que no es otro que el que nos posibilita el lenguaje. Se me ofreció esta oportunidad y yo la he tomado, primero como corrector de textos y ahora, en estas palabras que pensaban ser solo conversadas y que ahora poslogan sus reflexiones, porque también se me pidió una impresión sobre este trabajo como sujeto no especializado en el rubro del diseño; y para ser más claro, preferí escribir estas líneas y así dar cabal cumplimiento a la solicitud de un amigo. Eso es la metáfora, un proceso de amistad, una red de puentes, de sinapsis sociales y afectivas que nos dicen quiénes somos y quiénes no somos, pero, más importante aún, quiénes podemos llegar a ser. El diseñador modula y modela las cosas que habitan nuestros espacios físicos y mentales, gráficos y virtuales, y su formación debe estar ceñida a una ética pertinente a su disciplina; si no, construirá una visualidad sin imagen y una imaginaría sin visión, emitirá una información que no informa, que no da forma, pues si una información no se recodifica al momento de reenviarla, se la oculta, desinforma, ya que la sintaxis unilateral, clonada, monovalente, es el mayor refinamiento de la desinformación y el rostro más terrible del totalitarismo.

La metáfora construye lo inusual para dar con lo nuevo, cuyo punto de partida es el origen. La moda y la novedad son usuales y corrientes. Y un amigo, en estos tiempos, es el proceso metafórico más inusual de todos, porque la confianza se construye a largo plazo para que sea posible la coincidencia y el puente. Y este país amado no levanta confianzas sino en la medida en que uno pueda utilizar al otro, por lo que una verdadera docencia solo puede ser un acto de amor, palabras que tomo de Felipe Muñoz, coordinador de esta publicación, para que cada uno aprenda a defender su verdad, su dignidad, más propias si de algún modo también son de los demás. Y el diseño, como actividad cotidiana, trata de proyectar un orden que responda a estas necesidades. Después de todo, las cosas entran por la vista, aunque el ojo no es el que finalmente termina viendo.

(Adaptado del poslogo a Inusual. Lenguaje y comunicación visual. UTM, 2008)