Economía

1 de Mayo en un mundo de IA

Mientras el avance de la inteligencia artificial (IA) reabre viejos temores sobre el reemplazo del trabajo humano, la historia demuestra que toda revolución tecnológica transforma las ocupaciones, pero no elimina aquello que sigue siendo exclusivamente humano: el juicio, el cuidado, la creatividad y la capacidad de construir sentido colectivo. El desafío no es resistir a las máquinas, sino decidir cómo integrarlas al servicio de una sociedad más justa y del trabajo digno.

Por Ismael Muñoz.-  Cada Día Internacional de los Trabajadores devuelve una pregunta esencial: quiénes sostienen Texto corregido, mejorado en gramática y con enlaces embebidos:

Realmente, la vida económica y social enfrenta hoy una transformación profunda. En medio del avance acelerado de la inteligencia artificial (IA), esa interrogante adopta una forma contemporánea: ¿podrán las nuevas tecnologías reemplazar de manera sustantiva el trabajo humano?

Sistemas capaces de redactar textos, procesar datos, automatizar decisiones y ejecutar tareas cognitivas han instalado la percepción de que numerosos empleos podrían desaparecer. Sin embargo, la evidencia histórica sugiere algo distinto: aunque la IA transformará múltiples ocupaciones, el trabajo humano seguirá siendo decisivo en la creación de valor y en el desarrollo colectivo.

No es la primera vez que se anuncia el fin del trabajo. La mecanización industrial, la electricidad, la informática y la robotización también fueron recibidas como amenazas. Ninguna abolió el trabajo humano como eje de la economía. Lo modificaron, desplazaron funciones y abrieron nuevas ocupaciones. La IA parece inscribirse en esa misma trayectoria, aunque con una novedad relevante: no solo automatiza tareas físicas, sino también actividades intelectuales y administrativas.

El error de muchos diagnósticos apocalípticos consiste en reducir el empleo a una suma de tareas repetitivas. Trabajar no es solo ejecutar instrucciones. Es interpretar contextos, resolver imprevistos, coordinar personas, ejercer juicio, asumir responsabilidades éticas y construir sentido compartido. Allí persiste una ventaja propiamente humana.

Una IA puede responder consultas, ordenar información o producir borradores en segundos. Pero enfrenta mayores dificultades para contener a un paciente angustiado, conducir una negociación compleja, comprender matices culturales en una sala de clases o deliberar ante conflictos de valores. La IA procesa información con velocidad; las personas interpretan significados y actúan en escenarios abiertos e inciertos.

Además, el valor del trabajo humano excede con creces la productividad técnica. También produce confianza, cuidado, creatividad, aprendizaje colectivo y cohesión social. Profesionales de la salud, docentes, trabajadores de oficios, técnicos y tantos otros no solo cumplen funciones: sostienen vínculos, transmiten experiencia y hacen habitable la vida común.

Incluso en sectores altamente tecnificados, la automatización exige supervisión constante. Los sistemas algorítmicos pueden equivocarse, reproducir sesgos o fallar ante situaciones no previstas. Por ello, más que eliminar trabajadores, muchas tecnologías redefinen funciones y elevan la demanda por nuevas competencias.

El verdadero debate, entonces, no es una supuesta guerra entre humanos y máquinas, sino qué integración tecnológica queremos promover. Si la IA se orienta únicamente a reducir costos laborales, concentrará beneficios y ampliará desigualdades; pero si se utiliza para aliviar tareas repetitivas, mejorar condiciones de trabajo y fortalecer capacidades humanas, puede transformarse en una aliada del trabajo digno y en una forma más humana de reproducir el mundo.

Por eso, aunque la IA llegue a ser una herramienta de apoyo clave para las y los trabajadores, las personas siguen siendo indispensables. Son ellas quienes cuidan, enseñan, construyen, investigan, transportan, crean y organizan la vida común.

A ellas pertenece esta conmemoración.

Porque la máquina no madruga, y el mundo todavía se levanta temprano.

Ismael Muñoz Henríquez es académico de la Facultad de Medicina, U. Central

Alvaro Medina

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