La transición desde la formación académica al mundo laboral sigue siendo una brecha crítica: mientras las organizaciones demandan habilidades comunicacionales, digitales y colaborativas, miles de egresados enfrentan su primera inserción sin las herramientas necesarias. Integrar la empleabilidad como eje formativo es hoy una responsabilidad compartida entre instituciones, estudiantes y empleadores.
Por Juan Campos.- Cada semestre, un sinfín de estudiantes aprueban sus últimas asignaturas, presentan su proyecto de título y reciben con orgullo el diploma que simboliza años de esfuerzo. Sin embargo, al finalizar esta etapa, muchos enfrentan un desafío para el que, en la mayoría de los casos, no fueron preparados: ingresar a la realidad de un mundo laboral desconocido y en constante cambio.
Durante años, la educación superior ha centrado su misión en una formación disciplinar ideal, en ocasiones con poca cercanía al mundo laboral real. Esa tarea sigue siendo esencial, pero hoy resulta insuficiente. En el presente, las organizaciones buscan profesionales que, además de dominar competencias técnicas, sepan comunicarse de manera efectiva, trabajar colaborativamente en la resolución de conflictos, adaptarse rápidamente a los cambios y desenvolverse en entornos digitales cada vez más exigentes.
En este escenario surge una pregunta necesaria y atingente a la forma en que un estudiante se inserta en el mercado laboral: ¿La inserción laboral debe ser una responsabilidad exclusiva del estudiante o una competencia que también debe ser desarrollada en conjunto con las instituciones encargadas de su formación?
Esta pregunta surge porque constantemente se observa que los estudiantes, en el último periodo de formación profesional, realizan una antesala de su futura inserción laboral a través de la práctica profesional, con múltiples desventajas entre las que destacan: no saber elaborar adecuadamente un currículum vitae, no contar con un sólido perfil profesional en LinkedIn, no haber participado en simulaciones de entrevistas laborales y desconocer cómo funcionan los sistemas de seguimiento de candidatos (ATS). La brecha entre la formación académica y las exigencias del mercado comienza a hacerse evidente cuando el estudiante necesita demostrar su valor de formación personal y profesional.
La práctica profesional no debería ser solo un requisito curricular. Debe transformarse en un puente efectivo entre la formación y el empleo, permitiendo desarrollar competencias, generar redes y comprender la cultura organizacional del mundo laboral.
Por otra parte, la transformación e incorporación de tecnologías digitales agrega nuevos desafíos. Por ejemplo, la inteligencia artificial ya forma parte de los procesos de reclutamiento y selección, lo que la convierte en una aliada en la preparación de entrevistas, fortaleciendo la comunicación profesional y mejorando la presentación del perfil laboral. No obstante, su uso requiere criterios bien establecidos que incorporen aspectos éticos, alfabetización digital y capacidad de formulación de procesos, entendidos en el contexto de la habilidad para analizar información, estructurar ideas y resolver dificultades, construyendo propuestas de valor para las organizaciones. (Ver análisis relacionado en ElPensador.io).
Por ello, las instituciones de formación académica tienen la oportunidad de integrar la empleabilidad como un eje transversal de la formación. Iniciativas como talleres de confección de currículum y perfiles profesionales en LinkedIn, simulaciones de entrevistas de trabajo, comunicación efectiva y orientación profesional deben incorporarse de manera sistemática durante los últimos años de carrera.
Por lo anteriormente expuesto, la inserción laboral debe ser una responsabilidad compartida entre estudiantes, instituciones formadoras, empleadores y organismos públicos y privados. Esto se sustenta en que ningún interviniente del mercado laboral tiene la capacidad, por sí solo, de disminuir la brecha existente entre formación académica y futuro empleo.
Hoy en día, formar profesionales no implica solo enseñar conocimientos y desarrollar competencias. Este proceso debe estar inmerso en un ambiente de formación continua, con acompañamiento en la transición hacia el empleo de egresados que tengan la capacidad de integrarse al mundo laboral, aportando así su valor a la sociedad. Esto puede ser, precisamente, la última gran asignatura pendiente de la educación superior.
Juan Campos Riquelme es académico de la Universidad Central de Chile

