
Por Rogelio Rodríguez Muñoz.- En su libro Búsqueda sin término, su autobiografía intelectual editada en 1976, refiere Karl Popper (1902–1994) que, a los veinte años, entró a trabajar como aprendiz de un maestro ebanista en Viena, y que fue este maestro quien, principalmente, le hizo convertirse en un discípulo de Sócrates, no solamente al enseñarle cuán poco sabía, sino también al hacerle ver que «cualquiera que fuese el tipo de sabiduría a que yo pudiese aspirar jamás, tal sabiduría no podría consistir en otra cosa que en percatarme más plenamente de la infinitud de mi ignorancia» (versión española de Editorial Tecnos, Madrid, 1985, pág. 12).
Popper vuelve a plantear esta idea en un artículo que reproduce la conferencia pronunciada con motivo de su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad Complutense de Madrid en el año 1991. ¿Qué expresa aquí el filósofo en términos centrales?
Señala que Sócrates, en el siglo V a. C., con su célebre frase «Solo sé que nada sé», nos enseñó que la sabiduría consiste en el conocimiento de nuestra ignorancia. Han pasado muchos siglos y hoy nos asombra el acelerado desarrollo del saber, el enorme volumen de las publicaciones científicas que nadie puede abarcar. Sin embargo, la lección socrática continúa plenamente vigente. Popper da cuatro razones que avalan su actualidad.
Una nueva ética
Tres principios epistemológicos y, a la vez, éticos pueden deducirse de la idea de Sócrates:
Estos principios implican un caro valor para la convivencia social y la comunicación humana: el de la tolerancia.
Popper propone una nueva ética profesional. La antigua —nos dice—, aunque también basada en los conceptos de verdad, racionalidad y responsabilidad intelectual, se cimentó en la idea de que es posible llegar al conocimiento cierto de manera personal, por lo que el concepto de autoridad personal jugó en ella un relevante papel. En contraste, la nueva ética se basa en el concepto de conocimiento incierto y de la búsqueda de la verdad en la comunicación con los otros.
Doce principios establece nuestro filósofo como base de esta nueva ética profesional:
Intolerancia del dogmatismo
Este artículo de Popper nos trae a la memoria un antiguo relato oriental en que se cuenta que un famoso guerrero visitó la casa de un maestro Zen. Al llegar, se presentó contándole todos los títulos y aprendizajes que había obtenido en su larga vida. Después de tan sesuda presentación, le solicitó al maestro que le enseñara los secretos del conocimiento Zen. Por toda respuesta, el maestro lo invitó a sentarse y le ofreció una taza de té.
Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vertió el té en la taza del guerrero y continuó vertiendo el líquido aun después de que la taza estuviese llena. Consternado, el guerrero le advirtió al maestro que la taza ya estaba llena y que el té se estaba escurriendo por la mesa. Entonces, el maestro le respondió:
«Exactamente, señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría, pues, aprender algo?».
Lo que Popper nos advierte es que no podemos andar por el mundo considerando que nuestra taza está llena. En lo que respecta al conocimiento, los tiempos actuales —igual que los anteriores— nos exigen cautela y modestia. La actitud más adecuada de quien quiera aprender es tener una mente abierta junto a un espíritu curioso. Así, día tras día, nos iremos colmando con los frutos de nuestra indagación, y ello nos hará crecer personal, social y profesionalmente.
En nuestra época —cuyos signos más marcados son la desestabilización de lo tradicional y el cambio permanente en todo orden de cosas— no faltan los impulsos a convertir el saber humano en convicción dogmática. Las pretensiones de certezas absolutas, sin embargo, atentan contra la ética de la convivencia humana que resulta tan necesaria para construir un mundo mejor. El dogmatismo es intolerante. No estimula el debate de las ideas y condena el error, en vez de aprender de él.
Siguiendo a Popper, debemos abogar por el diálogo, el examen crítico de las ideas propias y ajenas, la apertura a los nuevos y diversos saberes. Y no caer en la tentación de creernos poseedores de verdades incuestionables. Ello nos bloquea y nos impide seguir investigando. Debemos recordar la vieja lección de Sócrates, cultivar la humildad intelectual y disponernos a buscar cada día más conocimiento.
Así, nos enriqueceremos como personas y transmitiremos estas enseñanzas a las personas de nuestros entornos. No debemos cerrarnos a las nuevas experiencias que la realidad nos depare. Siempre hay mucho que aprender. En materia de estudio y perfeccionamiento, la soberbia nunca ha sido fecunda.
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