Cultura(s)

Literatura: la belleza de la violencia y la venganza

En “Ayer el fuego”, Rodrigo Urquiola convierte la violencia, el desamparo y la memoria en una experiencia literaria de extraordinaria intensidad, donde cada cuento golpea al lector con la fuerza de un gran partido y la belleza inquietante de las mejores obras de arte.

Por Yady Campos.- Para hablar del libro de cuentos “Ayer el fuego” (La Paz, 2022) del escritor boliviano Rodrigo Urquiola, comenzaré por explicar esta idea de “la belleza en la violencia, el desamparo y la venganza”. ¿Cómo es eso posible?

Pues bien, quiero que piensen por un momento en la escena de Perros de reserva (Quentin Tarantino, 1992) cuando, en medio de un sádico baile —por decir lo menos—, le cercenan la oreja a un policía. Ese momento grotesco pero magistral, absurdamente morboso y al mismo tiempo exquisito (al punto de que hoy tanto la película como la escena son de culto), destila una extraña belleza. Sí, en otro lenguaje —el cinematográfico—, pero belleza al fin.

Así se siente la violencia, el desamparo y la venganza en los cuentos de Urquiola. En esa maestría para narrar lo violento, Ayer el fuego (La Paz, 2022) nos toca la fibra más profunda y nos empuja a sumergirnos en un universo literario que, siguiendo el mandato de Julio Cortázar, nockea al lector .

Para encontrar su belleza, basta abrir el libro. Desde la dedicatoria hasta la última página, se despliega un conjunto de situaciones tan desoladoras como hermosas.

En mis tres relatos favoritos —y en general en todo el libro— encontré una narrativa fluida, libre de lenguaje artificioso o pretencioso. Por el contrario, es directa y con un gancho enérgico. Quizá la fuerza reside en que el autor cumple a cabalidad el mandato de León Tolstói: “Escribe sobre tu aldea y serás universal”. Sin embargo, sería reduccionista atribuir su éxito solo a lo autobiográfico. De hecho, algunas reseñas insisten en esa idea como si una buena anécdota bastara por sí sola, cuando en realidad, en manos inexpertas, puede ser un desastre. Urquiola necesita algo más que vivencias: una gran pluma. El libro es mucho más que un recorrido por su memoria.

Es una inmersión en un océano de complejidades y exige sumergirse con una buena reserva de oxígeno para descender a lo más profundo del ser humano, a los vericuetos del ángel y demonio del que hablaba Nicanor Parra.

Otra virtud es la presencia del fútbol. Sus pasajes están escritos con tal fuerza que resulta imposible no mencionarlos. En lo personal, esas escenas de goles, patadas y jugadas me llevan a comparar el libro con un partido: versátil, dinámico, con pases cortos que permiten avanzar página a página con la euforia de un hincha. Los momentos tensos entre la jugada y el gol se sienten con intensidad, como si el lector estuviera dentro del campo.

Urquiola acelera el pulso: se pasa del grito al silencio en segundos. Cada cuento contiene microescenas tan precisas como las revisiones del VAR en un Mundial , que no solo ofrecen detalles milimétricos de los personajes, sino que a veces nos sitúan en medio de un vendaval.

Lo mejor, como en un gran partido, es que se lee con la adrenalina a millón. Encima, en cualquier orden, pues conservan la misma fuerza. Aunque los relatos comparten un mismo universo, funcionan de manera independiente. El ritmo de cada uno atrapa según el gusto del lector, pero ninguno decepciona.

Los invito a disfrutar de este gran encuentro. A dejarse seducir por los recursos de Urquiola. A mirar, admirar y sentir cada jugada literaria. A emocionarse, sorprenderse, indignarse y hasta conmoverse. Hay chilenas, cabezazos, escorpiones, elásticas, ruletas y rabonas suficientes para salir del libro con la sensación de haber visto un partido inolvidable, pero sobre todo: añorando que venga el próximo.

Alvaro Medina

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