
Por Miguel Mendoza Jorquera.- Hay conceptos políticos que envejecen mal. Y hay otros a los que les ocurre una tragedia mucho peor: se ponen de moda.
A la Realpolitik le pasó esto último. Hoy basta que un presidente lance un insulto, rompa un protocolo o dé un giro de timón irracional para que salte el analista de turno a justificarlo. No es improvisación ni berrinche, te dirán: es Realpolitik.
La palabra ayuda bastante. Suena alemana, antigua y lo suficientemente ruda como para ponerle corbata intelectual a casi cualquier desastre. Pero nos estamos engañando. Insultar al representante de tu mayor socio comercial en redes sociales no es pragmatismo. A veces es, simplemente, mala educación con wifi.
Bismarck no tenía cuenta en X
Para empezar, el término ni siquiera lo inventó Otto von Bismarck. Lo acuñó August Ludwig von Rochau en 1853, masticando el fracaso de las revoluciones europeas de 1848. Su premisa era menos épica de lo que Hollywood nos haría creer: los ideales chocan, inevitablemente, con las relaciones de poder y los límites económicos.
Bismarck fue quien convirtió esa frustración en oficio. Negoció con quien tuvo que negociar, aisló a sus rivales y fue a la guerra cuando el cálculo lo justificaba. No necesitaba que sus interlocutores le cayeran bien.
Ese es el detalle que los “realistas” de hoy parecen omitir. Un estadista no se sienta a la mesa preguntándose si el tipo que tiene enfrente reza a su mismo dios o lee a sus mismos economistas. La pregunta es bastante más cruda:
¿Qué saca mi país de esta reunión?
Mercados, energía, inversión, seguridad, estabilidad. Si los números cuadran, se da la mano y se firma. Aunque el otro te revuelva el estómago. Eso, amigas y amigos, es gobernar.
Trump y el ego televisado
Donald Trump suele presentar su política exterior bajo una lógica bastante sencilla: ¿qué gana Estados Unidos con esto?
Hasta ahí, hay algo reconocible de Realpolitik. Un presidente estadounidense está, después de todo, para defender los intereses de Estados Unidos. El problema comienza cuando el interés nacional se mezcla con el ego del inquilino de la Casa Blanca.
Presionar a un aliado para obtener mejores condiciones puede ser estrategia. Humillarlo públicamente, amenazarlo y transformar cada negociación en una demostración de quién manda puede terminar produciendo exactamente lo contrario.
Porque los aliados también hacen cálculos. Y si Washington empieza a tratarlos como adversarios, tarde o temprano mirarán otras puertas. Ahí aparece una ironía difícil de ignorar: mientras Trump señala a Beijing como su gran rival, puede terminar empujando a algunos de sus propios socios hacia China.
Y Beijing no necesita convertirlos al comunismo. Le basta con comerciar con ellos.
Resulta curioso ver al Partido Comunista chino moverse con bastante comodidad dentro de las reglas del capitalismo global mientras Estados Unidos golpea con aranceles y amenazas a parte de la arquitectura de alianzas que construyó durante décadas.
Bismarck quería modificar el equilibrio de poder. Trump también. El problema es que, a veces, intentando golpear al enemigo, puedes terminar haciéndole el trabajo.
Milei y el muro de la realidad
Javier Milei es un caso todavía más interesante. Llegó a la Casa Rosada con una mochila ideológica pesada: China representaba el comunismo, Lula da Silva estaba en las antípodas de su visión política y alinearse con Occidente parecía casi una obligación moral.
Y entonces apareció la economía. Los números, con esa descortesía que los caracteriza, no habían leído sus discursos de campaña. China seguía siendo importante. Brasil seguía compartiendo frontera. Las exportaciones seguían necesitando compradores.
Milei tuvo que negociar. ¿Se contradijo? Por supuesto. Pero, curiosamente, ahí fue cuando empezó a parecerse más a un gobernante que a un candidato. Porque llega un momento en que todo presidente descubre que sus libros favoritos no pueden modificar la geografía.
Brasil no va a mudarse porque te caiga mal Lula. Y China tampoco desaparecerá porque detestes al Partido Comunista. La realidad tiene esa mala costumbre de seguir ahí.
Kast: gobernar desde La Moneda no es un retuit
En Chile ocurre algo parecido. José Antonio Kast llegó a La Moneda porque supo leer un hastío ciudadano que parte de la dirigencia política tardó demasiado en tomarse en serio: delincuencia, migración irregular, pérdida de autoridad y cansancio frente a un Estado que muchas veces parecía llegar tarde.
Entender ese clima fue realismo político. Pero ganar la elección es el casting. Gobernar es la película completa. Chile es una economía abierta y depende del mundo mucho más de lo que nuestras trincheras ideológicas suelen admitir.
Necesita a Washington y necesita a Beijing. Y el cobre, lamentablemente para los ideólogos, no le pregunta al comprador si vota a la izquierda o a la derecha antes de subir al barco.
La verdadera prueba para Kast no será conversar con los presidentes que le gustan. Será hacerlo con aquellos que le resultan ideológicamente indigestos cuando el interés de Chile lo exija.
Y también saber decirle que no a un gobierno amigo cuando aquello no convenga al país. La política exterior no es una lista de mejores amigos.
La estética de la dureza
Gran parte de la nueva derecha ha convertido la insolencia en certificado de autenticidad. El que humilla “tiene carácter”. El que patea el tablero “no se arrodilla”. El que insulta “dice las cosas como son”. De tanto repetirlo, terminaron dándole prestigio filosófico a la grosería.
Pero Bismarck no era brutal para conseguir likes. Su dureza buscaba resultados. Hoy, demasiadas provocaciones persiguen algo bastante más pequeño: indignar al rival, alimentar el algoritmo y mantener a la propia barra aplaudiendo. La razón de Estado terminó compitiendo con el engagement.
Y el engagement paga más rápido. Pero sería intelectualmente perezoso culpar únicamente a la derecha.
La izquierda latinoamericana también es campeona en la gimnasia de las conveniencias. Condena con solemnidad los abusos contra los derechos humanos cuando el autor pertenece al bando contrario y descubre súbitamente los “contextos históricos” cuando el acusado es amigo.
Eso tampoco es Realpolitik. Es doble moral. Un presidente puede negociar con una dictadura porque el interés nacional lo exige. Lo que da vergüenza ajena es salir después de la reunión intentando convencernos de que, pensándolo bien, la dictadura era una democracia incomprendida.
Se puede negociar con el diablo. No hace falta volver diciendo que era un tipo encantador.
Cinismo no es realismo
La política tampoco recibe materiales perfectos. La realidad llega como una piedra de cantera: áspera, irregular y bastante indiferente a nuestros deseos. El estadista sabe trabajarla con cincel. El fanático intenta partirla a martillazos hasta que se parezca a su doctrina.
Normalmente termina con muchos escombros y pocas soluciones. Ahí está la diferencia entre realismo y cinismo. El cínico cree que los principios no sirven. El fanático cree que jamás pueden transarse. El estadista vive en un lugar mucho más incómodo: debe saber qué puede ceder, qué tiene que defender y qué precio está dispuesto a pagar.
Eso exige morderse la lengua, esperar el momento y, a veces, decepcionar a los propios. Porque siempre llega la hora en que un presidente debe elegir entre el aplauso de su tribuna y el interés de su país. Ahí muere el relato. Ahí empieza la Realpolitik.
Dejemos, entonces, de manosear el concepto para justificar las pataletas de nuestros políticos. Ser maleducado no te hace valiente. Ganarte enemigos gratis tampoco te convierte en Bismarck. Y patear el tablero no demuestra inteligencia si después eres tú quien debe recoger las piezas.
La política seria comienza cuando se apagan las cámaras y el gobernante tiene que escoger entre aquello que entusiasma a los suyos y aquello que realmente conviene al país. Ahí se reconoce al estadista.
No por la fuerza con que golpea la piedra, sino por la precisión con que usa el cincel. Porque cuando un gobierno prefiere chocar el auto antes que decepcionar a sus seguidores, no estamos ante una jugada maestra de ajedrez geopolítico.
Estamos frente a algo bastante más básico: un suicidio televisado, con excelente iluminación y la galería aplaudiendo el desastre.
Miguel Mendoza Jorquera — MBA
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