
Por Fidel Améstica.- Son ya 38 años desde el plebiscito del 5 de octubre de 1988. El Sí y el No a Augusto Pinochet: más de dos veces su tiempo de tirano y delincuente institucionalizado. Y toda una vida desde entonces; qué va, es historia. En varias ocasiones tuvimos, con mi hermano, la oportunidad de ver a Pinochet cuando, después de la Parada Militar, iba a dar su discurso en el Regimiento Buin, frente al cual vivíamos, en la casa que había sido de nuestro abuelo Fidel.
Y triunfó el No… Confieso que me vale verga toda épica política, así como las narrativas redentoras. En ese entonces vivíamos de allegados, y nos lo hicieron sentir. Tras la muerte de nuestro abuelo, la parentela infame logró vender esa casa con nosotros adentro, sin el concurso de nuestra madre, alterando —algunas de sus hermanas y la viuda— un apellido. Y leguleyos hay que se prestan para eso. Los ingresos económicos brillaban por lo magro, cuando los había. En el lenguaje aséptico de hoy nos habrían tildado de “carenciados” o “vulnerables”.
En 1989, Pinochet entregó las últimas viviendas sociales en Maipú, y entre ellas, la nuestra. El famoso “sueño de la casa propia” —con el que tantas empresas y operadores han usufructuado, enriqueciéndose a costa de las esperanzas de quienes nunca han tenido nada— se veía cumplido. Y, sin embargo, esa casa se constituyó en el espacio donde más infelices fuimos, pese a que los ingresos económicos comenzaron a mejorar en algo merced a un bolichito de abarrotes y a un puesto en la feria.
Mi hermano y yo no somos, ni antes ni ahora, de aquellos que no tenían nada. Contamos con lo fundamental. De algún modo, entre penas y carencias, fuimos niños que sabían identificar el aroma de la felicidad en nuestros juegos. Rosa Aurora, nuestra madre, siempre supo reconocer quiénes éramos y lo que necesitábamos.
Para conseguir el subsidio que nos permitiera tener lo propio, esta mujer se inscribió en un partido político recién creado, Avanzada Nacional, fundado por uno de los próceres del terror, Álvaro Corvalán. La acompañamos a esas reuniones “políticas”. Y tuvo que salir a las marchas del Sí, con banderitas y pancartas, mientras ella y sus compañeras recibían insultos y proyectiles de los miembros de las marchas del No, cuando en realidad quería estar en la otra vereda. Ella puso la cara y el pecho, y se tragó sus palabras y su dignidad en aras de un bien mayor: su familia.
La jornada de la votación, ese día, no obstante, consumó su revancha. Entró a la caseta con el lápiz grafito y la papeleta, trazó la raya donde había que ponerla y volvió junto a su familia, callada y tranquila. Por la noche hubo corte de luz. Y, al reconocerse el triunfo del No, solo lloró. Valió la pena.
La palabra No se erige sobre la negación, y es difícil darle un rostro positivo y empático. El marketing supo hacer su trabajo, pero el mérito no le es propio. Ya Albert Camus, en El hombre rebelde, se refirió a ese No que todo ser humano debe —o debiera— dar en su momento: un No que es afirmación absoluta de la vida y de lo sagrado e innegociable que esta es. Rosa Aurora lo dio, y fue más hombre que muchos hombres, solo con ser la mujer que es.
El 5 de octubre de 1988 se pronunció el Soberano, pero otros salieron en la foto y contaron el cuento, y quieren seguir contándolo. Allá ellos. Aquella casa propia terminó rematada en una jugada espuria entre una financiera cuyo lema rezaba “financiamos todos sus sueños”, los buitres que rondan los tribunales y el dinero de algún narco de esos que se hicieron con barrios como aquellos.
Pero algo más aprendimos de nuestra infancia de allegados. Después de vivir el miedo, muy pocos se resistirían a la voracidad básica como pulsión de vida, como aquella que mostró la parentela de marras. Cada cual buscaría salvarse a sí mismo, aun a costa del amigo, hermano o ser querido, sin asco.
De vez en cuando, hay que decir No a ciertas cosas: desde el Presidente de la República hacia abajo, y desde el último de los indigentes hasta el más poderoso sobre esta tierra. Que agachar la cabeza no sea una obsecuencia, sino la consecuencia de una rebeldía con miras a agotar el campo de lo posible.
Nuevas evidencias muestran que altos mandos militares alertaron sobre un posible operativo para atribuir violencia…
Hoy las reglas sobran, por ejemplo, la del carné para comprar alcohol, aunque tengas 60…
En 2003, Chile enfrentó la presión de Estados Unidos para respaldar la invasión de Irak…
Más allá del arcoíris y los jingles, el plebiscito de 1988 fue el resultado de…
El desarrollo de Chile no puede avanzar a costa de su territorio. Proteger el medio…
El desafío no es prohibir las pantallas, sino aprender a utilizarlas sin que sustituyan el…