
Por Hugo Cox.- El discurso presidencial, recién pasado, al leerlo con detenimiento muestra una serie de antecedentes que se pueden identificar con las culturas de ultraderecha autoritarias tanto en Europa, Estados Unidos, América Latina y en la España franquista. Lo interesante no está en la estructura del evento, sino en la hegemonía que se intenta construir, especialmente cuando en la intervención se adoptan giros conservadores y populistas (Proyecto de ley de Incivilidades). Si observamos las características discursivas comunes en las corrientes de la derecha dura, se pueden rastrear ciertos componentes:
La retórica de la “emergencia” y la “reconstrucción”: el franquismo se fundó sobre el mito de la “Cruzada” para salvar a una España en ruinas morales y materiales. Los discursos contemporáneos que enfatizan de manera obsesiva que el país está en un estado de “emergencia total” o de “degradación institucional absoluta” buscan justificar medidas de autoridad excepcionales o un replanteamiento drástico del orden previo.
La dicotomía “orden vs. caos” (seguridad y delincuencia): el régimen de Franco instrumentalizó el “orden público” y la persecución de la “incivilidad” o el “gamberrismo” como pilares de legitimidad. Leyes o propuestas contemporáneas con un fuerte componente punitivo o de control social extremo (como la creación de registros específicos para infractores o el endurecimiento carcelario radical) sintonizan con esa misma matriz, donde la seguridad supedita a las libertades individuales.
El nacionalismo defensivo y la soberanía: el franquismo era profundamente autárquico y xenófobo, obsesionado con el “complot masónico-izquierdista” internacional. Las narrativas actuales que focalizan la crisis en el “enemigo externo” (por ejemplo, discursos centrados en planes de expulsión masiva o control fronterizo estricto de inmigrantes ilegales bajo la premisa de “defender la patria”) activan resortes emocionales muy similares al miedo.
Por otra parte, el discurso económico enfatiza la propiedad privada como el núcleo del bienestar social en oposición al rol del Estado (orden social privatizado). Además, en el discurso surgen apelaciones religiosas, “invocando fórmulas religiosas formales”, resaltando con esto una supuesta legitimidad moral y una simplificación del lenguaje que reduce todo a buenos y malos, patriotas y destructores.
Corría el año 1995 y Umberto Eco presentó en la Universidad de Columbia el concepto de “Fascismo Eterno”.
Para Eco, el fascismo no desapareció con el fin de la Segunda Guerra Mundial ni con la caída de Mussolini. Él sostenía que el fascismo no era una ideología monolítica o un sistema filosófico coherente, sino una “nebulosa” de elementos dispersos, pero emocionalmente arraigados.
Por lo tanto, el fascismo contemporáneo no suele regresar con uniformes militares ni marchas explícitas, sino que se camufla bajo apariencias inocentes y cotidianas en nuestro día a día, utilizando trajes de civil, las redes sociales, internet o los medios de comunicación.
Eco advirtió que basta con que uno solo de sus rasgos característicos esté presente para que el fascismo comience a coagular a su alrededor. Para ayudarnos a identificarlo en el mundo actual, aisló catorce síntomas fundamentales del Fascismo Eterno.
La conclusión de Eco es un llamado a la vigilancia democrática constante: el fascismo de hoy no se anunciará a sí mismo con las etiquetas del pasado, sino que se infiltra sutilmente a través del lenguaje simplificado, los discursos de intolerancia camuflados y la manipulación emocional de las masas.
En síntesis, si analizamos la descripción que hace Umberto Eco del fascismo actual, vemos grandes coincidencias con el Chile del presente. “Mientras los polos se derriten en Chile, la población se polariza” (El País).
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