Opinión

Los políticos tempranos y la izquierda que leyó tarde el tablero

A pocos días de un cambio ministerial que parecía dejar al gobierno contra las cuerdas, La Moneda logró aprobar en general la Ley de Reconstrucción Nacional y cambiar el eje de la discusión. La izquierda celebró la caída de ministras, pero no advirtió que el verdadero movimiento estaba en otra parte: en la experiencia parlamentaria de José García Ruminot, el pragmatismo político de Claudio Alvarado y la necesidad de darle viabilidad real al plan económico de Jorge Quiroz.

Por Miguel Mendoza Jorquera.- Hay semanas en que la política chilena deja una lección incómoda: no siempre gana quien celebra primero, sino quien entiende mejor el momento.

Esta vez, la izquierda creyó estar frente a un gobierno herido de muerte. Tenía razones para pensarlo. La salida de Trinidad Steinert del Ministerio de Seguridad y de Mara Sedini de la vocería, a solo 69 días de iniciado el gobierno, era una señal evidente de desgaste político. Seguridad y comunicaciones son áreas demasiado sensibles para la improvisación. Cuando ambas crujen al mismo tiempo, el problema no es menor.

Pero una crisis no siempre equivale a una derrota. Ese fue el error de lectura de la oposición. Vio ministras caídas y creyó ver un gobierno paralizado. Celebró el síntoma, pero no entendió el movimiento de fondo. Mientras unos contaban bajas, La Moneda estaba contando votos.

La aprobación en general de la Ley de Reconstrucción Nacional cambió el eje de la semana. Lo que parecía ser una discusión sobre debilidad gubernamental terminó convertido en una disputa sobre reconstrucción, crecimiento, inversión, empleo y reactivación económica. Ese giro no ocurrió por casualidad. Fue el resultado de una articulación política que muchos subestimaron.

Jorge Quiroz puso la partitura económica. Pero José García Ruminot y Claudio Alvarado ayudaron a que esa partitura no quedara flotando en el aire.

El Plan de Reconstrucción Nacional tiene una virtud evidente: instala un diagnóstico que Chile ya no puede seguir evitando. El país necesita inversión, empleo formal, productividad y una economía menos atrapada en trámites interminables. La permisología dejó de ser una palabra técnica para convertirse en una enfermedad nacional. La inversión no se detiene por capricho; se detiene cuando el Estado transforma cada autorización en una carrera de obstáculos.

En ese sentido, Quiroz acierta al mirar el problema de fondo. Pero tener razón en el diagnóstico no basta.

Chile está lleno de buenos diagnósticos que murieron en el Congreso, en las comisiones o en la soberbia tecnocrática de quienes creen que explicar una planilla equivale a gobernar. La economía puede nacer en Hacienda, pero si no aprende a caminar por la política, termina convertida en un documento de biblioteca. Ese era el riesgo de Quiroz.

Sin articulación política, su plan podía quedar suspendido en el limbo: ambicioso en el papel, atractivo para el mundo privado, resistido por la izquierda y difícil de transformar en mayoría parlamentaria. Es decir, podía terminar como buena parte del gabinete inicial: técnicamente presentable, pero políticamente liviano. Ahí la experiencia hizo la diferencia.

García Ruminot entendió algo elemental: en el Congreso no basta con tener relato; hay que tener votos. Y los votos no se consiguen con entusiasmo comunicacional, sino con oficio, paciencia y cálculo. La Segpres, cuando funciona, es justamente eso: la traducción del deseo presidencial en posibilidad legislativa. Voto por voto. Duda por duda. Puente por puente.

Alvarado, por su parte, representa una incomodidad para la política de consigna: el pragmatismo. No como renuncia a las ideas, sino como comprensión de que las ideas sirven de poco si no se ordenan, se comunican y se vuelven ejecutables. Su llegada reforzada a Interior y a la vocería fue una señal clara: La Moneda necesitaba menos amateurismo comunicacional y más densidad política.

La izquierda tenía argumentos para cuestionar la ley. Algunos son legítimos. No es menor que un proyecto presentado bajo el paraguas de la reconstrucción incluya materias económicas estructurales: rebaja del impuesto corporativo, incentivos a la inversión, alivios tributarios, integración del sistema y señales amplias al mundo empresarial.

Llamarlo “contrabando ideológico” puede sonar exagerado, pero no es una acusación vacía. La ley no es solo reconstrucción. También es una definición económica. El problema para la oposición fue que llegó tarde.

Cuando quiso denunciar el contenido ideológico del proyecto, el gobierno ya había instalado la palabra reconstrucción como centro moral del debate. Y esa palabra pesa. Una cosa es decir que se rechaza una rebaja tributaria. Otra muy distinta es aparecer rechazando un proyecto presentado como respuesta a familias afectadas y territorios que necesitan levantarse. Ahí estuvo la encerrona.

Si la izquierda rechazaba, aparecía bloqueando la reconstrucción. Si negociaba, validaba parte del marco conceptual del gobierno. Si intentaba corregir desde dentro, aceptaba jugar en una cancha ajena. En cualquiera de los escenarios, La Moneda conseguía lo más importante: obligar al adversario a reaccionar.

Pero sería un error transformar este avance en una celebración acrítica. La aprobación en general no es una victoria final. El Senado será otra cancha, probablemente más dura y exigente. Allí no bastará hablar de reconstrucción. Habrá que hablar de financiamiento, gradualidad, impacto fiscal y responsabilidad de largo plazo. Ese punto es clave.

Chile ya cometió un error cuando parte de la izquierda económica creyó que podía financiar compromisos permanentes sobre supuestos demasiado optimistas. Confundió justicia social con voluntarismo fiscal. Ahora la derecha no puede cometer el mismo pecado desde la vereda contraria: creer que bajar impuestos, destrabar permisos y entregar señales al mercado se financia automáticamente con crecimiento futuro.

Chile no necesita reemplazar un dogma por otro. Necesita realismo. Menos consigna. Más evidencia. Menos superioridad moral desde la izquierda y menos entusiasmo automático desde la derecha.

La semana dejó una lección más política que económica. Quiroz podía tener el plan, pero no necesariamente tenía la llave. Esa llave estuvo en la articulación. En García Ruminot, que entendió el Congreso. En Alvarado, que entendió el momento. Entre ambos le dieron al proyecto lo que no tenía por sí solo: viabilidad política.

Porque gobernar no es solo proponer. Gobernar es ordenar. Gobernar es persuadir. Gobernar es corregir. Gobernar es contar votos sin olvidar los números fiscales.

La oposición se quedó con la imagen del gabinete golpeado. El gobierno se quedó con la agenda. Y García Ruminot, junto con Alvarado, recordaron algo que la política chilena olvida cada cierto tiempo: la experiencia no siempre hace ruido, pero cuando aparece en el momento exacto, ordena el poder.

La ley todavía no está ganada. La discusión fiscal no está cerrada. El Senado puede cambiarlo todo. Pero esta semana dejó una señal nítida: La Moneda recibió un golpe, ajustó piezas y respondió con política.

No con épica. No con improvisación… Con política.

Miguel Mendoza Jorquera – MBA

Alvaro Medina

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