Opinión

La política sin cultura: el costo de gobernar sin profundidad

La precariedad cultural de la élite gobernante empobrece el debate público y debilita la capacidad del Estado para proyectar futuro, construir políticas de largo plazo y sostener una democracia con verdadero contenido ético, cultural e institucional.

Por Hugo Cox.- Van apenas dos meses de gobierno y ya se percibe una preocupante falta de conocimiento profundo, tanto en el Presidente de la República como en varios ministros y, en general, en buena parte de la clase política. Lo mismo puede apreciarse en diputados y senadores, cuyas intervenciones públicas muchas veces revelan carencias conceptuales que exceden el debate contingente.

Desde el gobierno se habla insistentemente de crecimiento económico como si se tratara de una obsesión excluyente, mientras que en otras áreas estratégicas —como ciencia, cultura, medio ambiente y tantas otras— se evidencia una alarmante falta de profundidad.

Entre metáforas desafortunadas y afirmaciones (como que la ciencia solo produce libros para adornar estanterías y no genera empleo), queda en evidencia una incomprensión estructural. No se cree en la ciencia como valor público. El gobierno parece no entenderla como un proyecto de desarrollo humano, cultural y estratégico, sino como una herramienta transaccional subordinada exclusivamente a la rentabilidad económica inmediata.

Otro ejemplo se encuentra en el ámbito de la seguridad pública, que fue una de las grandes consignas de campaña. La anunciada expulsión inmediata de inmigrantes ilegales al asumir terminó siendo presentada como una “metáfora”. A ello se suma que la ministra de Seguridad afirmó, sin sonrojarse, que desconocía que debía confeccionar y ejecutar una política pública en el área que conduce. Del mismo modo, una diputada sostuvo que la rebaja en salud estaba destinada a los hospitales y no a los enfermos. Como dice el viejo refrán: la ignorancia es atrevida.

Estos ejemplos son apenas algunos indicios de una falta de profundidad que atraviesa a parte importante de la élite gobernante.

Cuando quienes gobiernan carecen de profundidad cultural, el Estado se vuelve propenso al cortoplacismo, al populismo y a políticas públicas superficiales. La ausencia de referentes históricos, filosóficos o cívicos en la clase dirigente suele derivar en una degradación institucional visible en distintos niveles.

Primero, aparece una incapacidad para proyectar el futuro. Sin un fondo cultural que permita comprender los procesos históricos y la identidad de una nación, las decisiones gubernamentales se limitan a satisfacer necesidades inmediatas. Esto frena el desarrollo de proyectos de largo plazo en áreas estratégicas como la educación, la ciencia y el patrimonio.

Segundo, se debilita el debate público. La política se reduce a un ejercicio de marketing y consignas. La ausencia de un acervo intelectual impide abordar la complejidad de los problemas sociales y fomenta la polarización y la desinformación, al no existir un marco compartido de valores.

Tercero, se profundiza la desconexión con la ciudadanía. Al no comprender la diversidad de expresiones humanas, artísticas y sociales, la élite gobernante aísla a la administración estatal de las necesidades reales de la población. Esto genera una brecha cada vez más profunda entre la dirigencia y el tejido social.

Finalmente, se incrementa la vulnerabilidad frente a la corrupción y al pragmatismo extremo. Sin un marco ético o humanista sólido como brújula, el ejercicio del poder tiende a mercantilizarse o a convertirse en una lucha descarnada por el poder por el poder mismo, debilitando la probidad y la confianza en las instituciones democráticas.

Todo esto manifiesta un síntoma de una enfermedad mayor: el vaciamiento de los horizontes programáticos de las políticas públicas.

En síntesis, cuando la política se divorcia de la cultura, el Estado pierde su dimensión ética y transformadora, convirtiéndose en una maquinaria fría o en un escenario de espectáculo. Como advertía Hannah Arendt, cuando se pierde el espacio público para el pensamiento y la acción significativa, las instituciones democráticas comienzan a vaciarse por dentro, quedando expuestas a crisis de legitimidad y a la anomia social.

Cuando los gobernantes carecen de la profundidad cultural, histórica y filosófica necesaria para comprender la nación que dirigen, el ejercicio del poder suele desanclarse de la realidad estructural del país. No se trata simplemente de un déficit de títulos académicos, sino de la incapacidad de comprender el Estado más allá de la coyuntura inmediata o de la mera gestión técnico-administrativa.

El vaciamiento democrático implica que la democracia se convierte en una cáscara vacía. Las formas republicanas permanecen intactas en la superficie, pero por dentro se extingue la savia que las nutre: la deliberación racional, el conflicto de proyectos históricos, la soberanía real y, sobre todo, la confianza comunitaria en que el futuro puede ser conducido colectivamente.

Esto no es otra cosa que la manifestación visible de la larga crisis que afecta al país.

Alvaro Medina

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