Filosofía

Francis Bacon: las trampas de la mente

Hace cuatro siglos, Francis Bacon advirtió sobre los prejuicios que distorsionan nuestro conocimiento. Sus «ídolos de la tribu» siguen vigentes y recuerdan la necesidad de cultivar la razón, el debate y el pensamiento crítico frente al dogmatismo.

Por Rogelio Rodríguez.- Debemos a Francis Bacon —el filósofo de los siglos XVI y XVII, no el pintor del siglo XX— la denominación «ídolos de la tribu». Con este nombre designó los obstáculos que la misma mente humana genera en su camino hacia el conocimiento. Dicho de otra manera: hay en el ser humano un impulso hacia el saber y la comprensión racional de la realidad que lo rodea, pero también hay en él una tendencia a entorpecer ese impulso, llevándolo a caer en los prejuicios, las supersticiones y las especulaciones sin fundamento.

¿En qué consisten, según Bacon, estos ídolos de la tribu? 1) En suponer que en las cosas existe un mayor orden que el que poseen en realidad; 2) en hacer generalizaciones precipitadas, ignorando las excepciones; 3) en dejar que las emociones conduzcan el juicio, y 4) en insistir en enfocar la realidad desde una determinada dirección, incluso sin contar con fundamentos empíricos que respalden este punto de vista.

Si bien dejarse embaucar por estos ídolos mentales afecta el progreso intelectual de cualquier persona común y corriente, pues la lleva a inclinarse por las más ingenuas credulidades, la preocupación principal de Bacon es el perjuicio que acarrean si contaminan el trabajo científico. Los hombres de ciencia —llamados a entregarnos las verdades del mundo— son quienes, con mayor razón, deben estar «limpios y desinfectados» de los ídolos de la tribu.

Hay dos condiciones, a su juicio, que evitan que la indagación científica se vea amenazada por conocimientos falsos o erróneos: que sea pública y que se someta continuamente a crítica.

Adelantándose en varios siglos a la práctica actual de las investigaciones científicas, Bacon ya planteaba en su tiempo que los estudiosos no debían ocultar celosamente los resultados de sus observaciones y experimentos, sino que estos debían comunicarse abiertamente a otros investigadores y al público en general. Su idea era que se debían crear «comunidades científicas». Hoy, en efecto, predomina en las ciencias la imagen de que el conocimiento no es producido y desarrollado por individuos aislados, a solas en sus laboratorios y gabinetes, sino por grupos, por comunidades altamente integradas y sumamente eficientes en materia de técnicas de investigación.

En un sentido más específico, la noción de un «genio individual», de un creador solitario —a la manera de un Newton, un Darwin, un Freud o un Einstein—, ha sido superada, dando paso a la comprensión de la creatividad científica como un producto social. En efecto, hoy se conciben estas figuras geniales como las que maduraron un saber que ellas por sí solas no forjaron, como las que reunieron piezas de conocimiento que andaban flotando en el ambiente intelectual de su época y dieron con ellas forma consistente y explícita a una importante teoría.

El segundo rasgo es también sumamente destacable: la necesidad de que el trabajo científico se someta a examen crítico. También hoy —a partir de filosofías de la ciencia como la de Karl Popper— se destaca la importancia de la contrastación y de los intentos de refutación de las teorías científicas; esto es, que estas deben atenerse a los hechos, considerar cuidadosamente todos los antecedentes y postergar las conclusiones cuando no se tiene suficiente evidencia.

En el siglo XX, Popper —en una línea semejante a la planteada en el Renacimiento por Bacon respecto de la necesidad de combatir el dogmatismo— distinguió entre «pensamiento crítico» y «pensamiento dogmático», señalando a la ciencia como modelo y paradigma del primero y a las pseudociencias —falsos saberes que aparentan vestirse con el ropaje de la ciencia— como ejemplos del segundo. Asimismo, propuso la falsabilidad como criterio de cientificidad, indicando que una teoría solo puede considerarse científica si pueden imaginarse circunstancias observables que la refutarían. Si resiste los intentos rigurosos de refutación, puede considerarse provisionalmente corroborada, sin que ello demuestre su verdad definitiva.

Pensamos —para finalizar estas líneas— que Bacon también estaría de acuerdo en ejemplificar los ídolos de la tribu con las ideologías. Porque son sistemas cerrados de pensamiento que se presentan como las genuinas respuestas a las grandes interrogantes de la existencia y aseguran una realidad ordenada y significativa a sus adherentes. Sin embargo, ni la demanda de orden y sentido ni la respuesta ideológica están basadas en procedimientos racionales, sino en aspectos emocionales de la vida humana. Por ello, las ideologías son tan impermeables a la reflexión crítica y gatillan conductas sociales impulsivas e incontrolables. A la devoción ideológica —en nombre de una fe religiosa o de una causa política que se abraza con entusiasmo ciego— se deben los peores actos de salvajismo y violencia que los seres humanos han cometido contra sus semejantes.

Los ídolos de la tribu —estas trampas de nuestra mente— fueron denunciados y combatidos por Francis Bacon hace cuatro siglos. Pero siguen contaminando nuestra existencia. No hay que cejar en la lucha por desterrarlos, y esta consiste, fundamentalmente, en fomentar por todas partes el ejercicio de la razón, en enseñar la importancia de la argumentación y el debate de las ideas, y en resaltar el pensamiento crítico como instrumento esencialmente valioso para el desarrollo del saber humano, en vez de considerarlo algo que hay que temer o evitar.

Rogelio Rodríguez Muñoz es Licenciado en Filosofía, U. de Chile; Magíster en Educación, U. de Chile; y académico de la USACH y la U. Mayor

Alvaro Medina

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Alvaro Medina

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